jueves, 16 de diciembre de 2010

Juramento

Muestrate sin miedo ante el rostro de tus enemigos.
Sé valiente y recta, que Dios te amará.
Habla la verdad siempre, aun si te llevará a la muerte.
Salvaguarda a los que no no pueden por sí mismos y
No hagas mal.


Ése es el juramento personal por el que encomendaré mi vida. No lo creé yo, pero la persona que me inspiró a comprometerme con esto es una de las más valiosas y queridas para mí. Así que, con esta nueva medida en mi vida, juraré ser fiel a mí misma.

domingo, 21 de noviembre de 2010

El ritual de ir acompañado al cine

Tal vez si fuese un poco más ortodoxa, o si no me atreviese a criticar de manera incisiva casi todas las cosas que se presentan ante mis ojos como "socialmente aceptables", me parecería de lo más adecuado realizar algunos rituales que se me antojan sin sentido. ¿Por qué realizamos en conjunto actividades que se diseñaron para experimentarlas en soledad? ¿Sólo porque nos es agradable y nos permite regodearnos en nuestro confort social?

Existen un millón de rictus sociales que no comparto. Algunos los sigo por costumbre o por no desentonar, finalmente, aunque heterodoxa sigo siendo un ser gregario, pero la mayoría los cuestiono por su inherente inverosimilitud. Ir al cine es una de ellas, pese a que no es la única.

Jamás me ha parecido una acción coherente ir acompañado a ver una película, o, todavía más radical, asumir que es parte intrínseca de una convivencia. El cine, al igual que un buen libro o un sencillo poema, forman parte de una experiencia interior en el cual el otro no puede intervenir. Dos personas nunca verán de la misma forma una película, por mucho que la vean juntos o que se esté transmitiendo en más de 1 millón de salas en todo el mundo. Así, una buena película se convierte en una adorable catarsis interior donde no se habla, no se comenta y se deja de vivir por escasa hora y media (en promedio).

Una vez puesto esto en consideración, ¿por qué van en paquetes? Una amiga dijo que es para "compartir soledades", pero eso no es parte de una interacción social real. No tiene sentido, claro, a menos de que los dos cumplan el pacto tácito de callarse y de ser individuos alienados de sí desde que se transmite el logo de la compañía cinematográfica hasta que abandonan la sala... Así de fácil y precario.

Al cine nadie va a escuchar la interesante oleada de comentarios que tienen las personas de al lado, ni a escuchar a los niños pequeños gritar o removerse en el asiento como si hubiese "pica-pica" en su ropa. Tampoco vamos a "disfrutar" de los murmullos o de las ingeniosas tonadas del celular de alguien en un recóndito lugar de la sala donde impera el anonimato. No escuchar ni ver, ni pensar siquiera en algo que nos distraiga de la trama.

El cine es como un libro. Se vive individualmente, porque hacerlo parte del colectivo resulta estresante y moroso. Podrá ser comentado, claro, pero, definitivamente, no es un desplante de maneras sociales ni, por mucho que lo quieran ver así, el óptimo lugar para estar con otra persona.

Vivan el cine, vivan la película, vivan la ficción... solos o en solitaria compañía, eso no me interesa. Sólo me pronuncio en contra de esos rituales sociales donde, de interacción social, no existe un carajo. Mejor irse a tomar un café, a rondar por una plaza comercial durante horas, a comer o a otro lugar donde sea aceptable relacionarse con otros.

Quizás esto se deba a que mis mejores memorias en un cine se dieron cuando fui totalmente sola, en horarios imposibles para la mayoría de la gente y me pude sumergir por completo en otros cuerpos y fungir como un espectador omnipresente y omnisapiente. Quizás es porque jamás he visto con buenos ojos ir acompañado a un sitio donde debes estar en silencio... pero, en fin, mis percepciones sobre esta masificación individual que se vive y se erige como algo deseable y bueno no son universales. Sigo siendo esa rareza con tendencias sociopatas a la que ustedes siguen leyendo porque algo de verdad encontrarán en mis palabras.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Aléjate

No te me acerques, que tu tacto me quema la piel.

No me hables, tus palabras perforan mis oídos hasta envenenar mi corazón.

No me veas, porque es entonces cuando se torna más insoportable la realidad y se me estruja el corazón.

No existas, tal vez entonces te vuelvas un sueño.

Detesto recordarte, entender que no hay en ti nada malo ni que yo te orillé a esta determinación. Procuro olvidar todos y cada uno de los momentos a tu lado, no me creo preparado para lidiar con tantas maravillas, con el recuerdo de un amor que prometimos que duraría pero murió sin siquiera darnos la posibilidad de guardarle luto. Se esfumó como una pompa de jabón.

Me dueles, con la vida y con todo mi ser. Me dueles hasta llevarme a la locura, hasta hacerme desear no sentir nada, creerte un sueño y pensar en hacerte desaparecer. Pero no puedo porque te llevo en el pecho, clavado en lo más hondo y vital de mi pútrido corazón, como un inquilino moroso al que no puedo ni podré sacar.

¡Maldito seas por permitirme amarte, sin saber si tú lograrías sentir lo mismo! Jugaste conmigo, con ese pobre e iluso clavo que debía sacar a otro. Porque tú lo único que deseabas era alejar de ti el fantasma de aquel amor malsano, de esa persona que demostró poderte lastimar como tú ahora me hieres a mí. Y, tal vez— sólo tal vez—yo lo supe desde siempre pero no lo quería asimilar. Prefería vivir en un mundo de ilusiones, donde todo era rosa y yo podía tomarte de la mano con la esperanza de que los días se sucedieran hasta llevarnos al final de nuestras vidas juntos. Eso era lo más cómodo, lo deseable, el único camino por el que esperaba poder transitar en busca de la felicidad.

Pero, para ti no fue así.

Optaste por irte, por tirar esos castillos que construimos con cartas de baraja, demostrando que no crees en el azar ni en el destino ni en ninguna de las cosas que me hiciste pensar que existían. Pero ni siquiera fui capaz de odiarte por ello. Eso es lo que más duele, lo que más atenta contra mi frágil integridad.

No te odio, ni creo llegar nunca a odiarte. He ahí el problema más importante. Hasta el seguir adelante me lo has vuelto complicado, y el olvidarte se me antoja una tarea imposible. Te llevo dentro y te sigo amando con todo el fervor y toda la intensidad de mi ser. Sigo pensando que tú eres quien la persona indicada para mí, pero que no es el momento indicado para nosotros. Que debo aprender algo de todo esto, que debo habituarme a vivir sin ti durante mucho tiempo… o tal vez por siempre. No lo sé.

Pero por hoy, tan sólo por hoy permíteme seguir adelante. No quiero aferrarme a ti para hundirme en el tiempo pasado, ni tampoco deseo que seas mi ancla hacia el presente. Sólo quiero que sepas que no te odio, pero que tampoco pienso perdonarte. No hay nada qué perdonar.

Te amo, así como eres, sin embargo no me haces bien. No eres lo que quiero ni lo que busco en este momento… pese a que te he buscado toda mi vida y quiero compartir lo que soy contigo.

Elegí entregarme a ti, y no me parece que fuese un desacierto. Sólo que ya no es nuestro tiempo y no tolero estar junto a ti. Me haces necesitarte cuando quiero dejar de hacerlo. Amarte cuando deseo hacerte a un lado y permitirle a otros amores albergarse en mí.

Anhelo volver a vivir y enamorarme de la vida. No seas egoísta y dame permiso.

Aléjate de mí y permíteme volver a ser yo…

miércoles, 27 de octubre de 2010

Renacimiento

Tuve miedo antes, me aterró la vejez, la perspectiva de la muerte el miedo mismo que me hace un nudo en la garganta. Pero ayer hice las paces conmigo y hoy tengo la fuerza y la madurez suficiente como para emprender este nuevo sendero de la vida.

Siempre es un buen día para elegir hacer las cosas bien, para enmendar errores, para estar en paz contigo misma aunque el mundo no esté en comunión con tus ideales. Cada día es el día perfecto para sonreír, para bailar, para reír y para decidirte a ser feliz o un poco más sabio. El presente es cuando puedes aprender algo nuevo, aprender de tu pasado y separarte de él para poder abrazar al futuro. Pero hoy, en especial el día de hoy, es el mejor día para vivir.

He decidido no seguir cargando con las maletas de mis frustraciones, cortar de tajo todo lo que me ata al pasado, al nosotros, a ti... Seré una mujer nueva, que no te olvidará pero aprenderá a estar sin ti. Una persona totalmente capaz de amar, de sentir, de experimentar y de nunca arrepentirse. Por eso hoy te digo adiós. Fuiste importante, te quise, te amé...te amo, pero me amo más a mí. Soy mi prioridad y como tal sé cuándo eliminar el equipaje de más. No te pido perdón, porque no lo amerita. Tú tomaste tus decisiones y sé que me dejarás a mí tomar las mías, sin recelos ni jueguitos tontos. La decisión que toman dos amantes que se separan al nacer la mañana, en ese momento de oscuridad total, justo el que precede a un nuevo amanecer, a un nuevo día con oportunidades para vivir.

Así que, adiós...por el momento no te necesito, ni te quiero a mi lado. Seré una persona nueva que recuerda y saluda al pasado por el otro lado del cristal. Tú no estás invitado a venir.

En los renacimientos, haces de ti una mejor persona, como el fénix que renace de sus cenizas y se perfecciona. Es por eso que hoy yo elijo renacer, ser nueva, ser mejor, ser más libre, más pasional y más racional. Vivir en la contradicción que realmente es una afirmación, gritar y susurrar igual que siempre, bailar y mojarme en la lluvia, cantar donde todos callan y sonreír en los momentos de más lágrimas. Así he vivido siempre, mejorándome, siendo el mejor proyecto de persona que puedo ser... porque es lo único que puedo hacer.

He vivido lo mejor que puedo, he amado, he llorado, he sufrido, he dejado y sido dejada, he cambiado, aprendido, madurado, reído, corrido, saltado, bailado, actuado, pintado, contado, leído, estado y sido lo más apta que puedo para sobrevivir en la vida que yo elegí. Soy quien elijo ser, viviendo la vida que elijo vivir. No me arrepiento de nada, sé agradecer la enseñanza y siempre me divierto en este camino de la vida.

Por eso hoy es un día paradógico y contradictorio. Es un día de adioses y de nuevos inicios.

¡Feliz cumpleaños a mí!

martes, 14 de septiembre de 2010

Adicta reincidente

Alguna vez me juré no alejarte de mí, pero sí evitar que tocases mi presente con tus alas de futuro. Y creía que lo había logrado, ¡malditas ilusiones diseñadas para tirar el espíritu! No me di cuenta, en mi insulsa puerilidad, que jamás te pude desprender. Soy una adicta a ti, a tus efímeras muestras de afecto y a tu cálida frialdad.

El que dijo que los drogadictos se curaban y podían hacer una vida normal seguramente no había probado la marihuana en su vida, ni tampoco se había enamorado con más pasión que la que sientes por una cuchara de té. Si lo hubiese hecho, se habría dado cuenta cuán torpes eran sus palabras: Quienes somos adictos a alguien no podemos sencillamente sentirnos mejor y actuar como rehabilitados sociales; siempre tendremos en la mente y en el corazón a aquel que nos dejó marcados con un acero al rojo vivo.

Y, yo estoy marcada con tu nombre, con tus ideas, con las horas en que platicábamos pese a ser víctimas del sueño. Pensé, insulsamente, que me podía recuperar de ti, hacerte a un lado y vivir el presente de la mejor manera que puedo mientras sueño con el futuro... pero todo indica que me equivoqué en este plano de vuelo y que voy cayendo en picada hacia ti otra vez.

sábado, 24 de julio de 2010

Me gustas sin nombre

Dicen por ahí que las relaciones son complicadas, pero ¿de verdad lo son? No dudo que tengan altibajos, como todas las cosas, o "rachas" buenas y malas. Eso es normal, finalmente todos somos humanos. Sin embargo, creo que existe un factor que complica más las cosas: nuestra afición casi patológica por nombrar las cosas.

Anteriormente, se le daba nombre a las cosas para dejarles de tener miedo. Es por eso que el rayo se llama rayo, que los lobos se llaman lobos y que el amor se llama amor. Simplemente, cuando podemos meter en una categoría las cosas y darles un nombre, dejamos de tener miedo de ellas y creemos, erróneamente, que conocemos las sensaciones. Pero, ¿qué insulso puede describir una emoción? Y no, no me refiero a las comparaciones. Son cosas que se sienten, o cosas que nosotros sabemos gracias a nuestro conocimiento previo de mundo. Entendemos cuando alguien está enojado, cuando está triste, cuando está enamorado... pero no porque un libro nos diga "estás enojado cuando te sientes así y así". Y, si semejante libro existiera, sería una reverenda porquería.

¿A qué va todo esto? Necesito encontrar las palabras para expresar lo que no se puede decir. Por lo menos no con un alfabeto y varias sílabas. Necesito palabras para instarlos a saber lo que no es nominable. Pero no es fácil, porque incluso cuando digo "nada" estoy haciéndola "algo".

Querer es... querer. De esas cosas que sabes. No necesitas preguntarle a nadie si lo quieres (a lo más, te lo preguntas a ti misma), ni saber cómo lo quieres. Yo, por ejemplo, quiero a alguien, pero no lo quiero como amigo, ni como novio (no lo somos), ni como amigovio, ni como nada similar. Lo quiero. Mucho. Diferente. Sin nombre.

Y no necesito ponerle una definición, ni meterlo en una cajita. Lo quiero porque es él, porque significa cosas para mí, porque me gusta cómo piensa, porque me atrae... pero no lo quiero de la misma manera que quiero a, ni lo quiero como... No. Lo quiero. Así, innombrable, único y diferente. Y, con que yo lo sepa basta.

No nos mintamos a nosotros mismos, querer es. Y ya. Tan misterioso como conocido, tan hablado como poco entendido. Querer es único, es especial, es individual, es reflexivo y es innombrable. Por lo mismo, procuremos no frustrarnos por nuestra necesidad de comparar con otros amores y con otros queridos.

Les regalo una última frase, que quizás se entienda más con lo que acabo de explicar.

Me gustas porque no tienes nombre. Cuando lo tengas, quizás ya no me gustes como ahora porque no serás tan libre, sino que te ataré a las cadenas de mi propia cárcel. Ya no serás tan tú; serás "como él".

miércoles, 21 de julio de 2010

Carajo

Publicado por primera vez el 5 de junio de 2010 en Pensamientos en Blanco y Negro.

Idem.