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sábado, 26 de noviembre de 2011

Despedida

“Incluso quien no ha mentido, miente” concluyó Mauricio, al momento de abrir la puerta de cristal de la cafetería donde había citado a Alma.

Aquella conclusión, tan paradógica en primera instancia, era el resultado de todas las consideraciones que lo habían mantenido ocupado durante la noche anterior. Era la revelación que había esperado días completos y que, al final, le había llegado como una epifanía escondida detrás de un último instante de duda.

Apretó las manos con fuerza, buscando erradicar el hormigueo de las yemas de sus dedos y el vacío en su estómago. Una ola de enojo y de resentimiento lo invadió. Tenía que hablar con ella, poner las cartas sobre la mesa de una vez por todas.

Se sentó en una mesa alejada del ajetreo de la barra y dejó la mirada fija en la puerta, en espera de que Alma apareciera para dejar la situación completamente en claro. Era consciente de que ésta era la única oportunidad que le quedaba para poder retenerla. Repasó mentalmente su discurso, pero la revelación que había tenido lo seguía alterando.

Alma le había mentido durante meses de la manera más ruin que hay: No mentirle. Ella había sido completamente clara desde el principio, cuando le dijo que “no deseaba comprometerse en algo serio” y, peor aún, cuando le había confesado que emocionalmente se encontraba comprometida con Luis, pese a que era no podía existía nada entre ellos. Y él la había aceptado. Había acordado tácitamente que lo podía utilizar para maquillar la ausencia de ese imbécil ex novio suyo.

¡Qué imbécil había sido! Él se había prestado a ese teatro insulso a sabiendas de todo lo demás, se había aferrado a la idea de poder tenerla. Se había enamorado y no lo había podido manejar, se había cegado… ¡Ella era la culpable, ella le había mentido!

La vio llegar, o, mejor dicho, supo que había llegado por el olor a sándalo que desprendía su cabello. Levantó la mirada y le sonrió de medio lado, procurando esconder el enojo y la nostalgia de las que se había visto preso con tan sólo su olor.

—Y, ¿para qué querías verme?— preguntó ella tan pronto colgó su bolso en la silla. Se veía tranquila, demasiado serena para su gusto.

Mauricio se quedó en silencio unos segundos. ¿Realmente estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias por Alma?

Bufó.

—Terminemos con esto— titubeó un poco al final de la frase. Esperaba que ella no lo notara, que el tono grueso de su voz hiciera menos delator su duda.

La miró rápidamente. Ella no había cambiado su expresión.

—De acuerdo, me parece bien.

La suavidad de su voz le hizo un nudo en el estómago. Se dio cuenta en ese momento que lo que quería era que ella se enfureciera, que llorara, que le suplicara… ¡o por lo menos que quitara esa maldita sonrisa condescendiente! La frustración lo invadió. La noche anterior había previsto toda clase de escenarios y todas las posibles respuestas que podía tener. Había pensado en Alma melancólica, en otra más resignada y en una que le preguntaba sus motivos, pero no había considerado a aquella que en ese momento lo miraba.

Complaciente y distante, sin rastros de haber recibido una noticia impactante, ella le clavaba esos ojos negros que antaño tanto le habían gustado. Le dolían. Esa mirada lo único que le demostraba era que, en efecto, ella nunca había mentido, que nunca había estado entre sus planes sacrificar su vida por hacerle a él un espacio.

—¿Qué, quieres decirme algo? ¿Estás molesta?

Sin embargo la cruda certeza de la que ya no podía evadirse le confirmaba que la pregunta sobraba. Ella no estaba molesta. Se sintió traicionado, traicionado por la verdad.

—¿Por qué habría de estarlo?

“Porque eso significaría que te importo” quiso gritarle, pero se contuvo. Tenía la garganta seca.

—No sé, pero me alegra que no.

Se preguntó si sus palabras habrían dejado relucir la decepción que sentía en ese momento. Mauricio quería que ella fuese quien le pidiera continuar, que le mostrara que lo quería y que le necesitaba casi tanto como él la quería y la necesitaba a ella. Había deseado que Alma, por primera vez, se mostrara menos independiente y le permitiera tener el control de la situación. Que le diera alguna clase de mensaje que él pudiese interpretar como un “me importas”, independientemente de que no significara eso.

Pero ya era tarde, la había dejado ir.

—¿Algo más?— le preguntó ella. Su voz no parecía impaciente ni descortés, sólo incómoda por el silencio tenso que se había generado entre ellos.

La verdad era que sentía tantas ganas de odiarla como impotencia por no poder hacerlo. ¿Cómo le podía explicar que así no era como él había planeado las cosas, que se había engañado a sí mismo con la falsa idea de que ella lo aprendería a querer en la misma magnitud que él la quería? Ni siquiera podía, por cuestión de orgullo, explicarle sus motivos sin saber primero si ella los quería atender. No era capaz de decirle que le frustraba haberla querido a sabiendas de que ella quería a alguien más, ni mucho menos de reclamarle su falta de interés en la relación, cuando desde el inicio habían tenido en claro que el trabajo iba primero.

¿Cómo podía explicarle que lo que más impotencia le generaba era, precisamente, la tortuosa sinceridad que le había tenido desde siempre? Le habría gustado que le dijera que lo amaba, que era el único hombre, que podía estar sin él pero le gustaría estar a su lado. Pero no la podía culpar de nada, ella había sido fiel a sus palabras iniciales.

Se sentía francamente estúpido.

—No, sólo… sigamos siendo amigos, ¿te parece bien?

Ella se tardó en contestar, su mirada estaba ausente en otro punto de la cafetería.

—De acuerdo.

Salieron juntos del establecimiento. Ella intentó abrazarlo, pero él rehuyó el contacto. Alma prendió un cigarrillo y, tras dedicarle una sonrisa resignada, se marchó.

Mauricio la vio casi hasta que desapareció entre la gente de la ciudad e inspiró profundamente, procurando esquivar la ironía de toda la situación. Alma no le había mentido cuando eran pareja, pero en ese último momento una mentira punzocortante, la única que había esperado que fuese verdad, había escapado de sus labios.

“Uno sólo miente en cosas importantes” recordó, con un poco de despecho.

Entonces entendió que el abrazo al que se había negado no buscaba una conciliación, como creyó en ese momento. Había sido una despedida.

sábado, 19 de noviembre de 2011

De cuando a Dios le dio cáncer

El día en que Dios fue diagnosticado con cáncer no se sorprendió, sino que agradeció profundamente su suerte. Decidió sentarse a esperar a la muerte en un sillón abandonado en el sótano de algún edificio de cualquier ciudad y, con una sonrisa melancólica, escuchó los intentos desesperados de algunos hombres por convencer a los demás de que gozaba de excelente salud.

Compadeció un poco a todos aquellos seres que se aferraban a él, después de todo, ¿cómo iban ellos a imaginarse que lo único que deseaba era evaporarse lo antes posible y dejar de ser inculpado por errores ajenos? Tal y como había ocurrido con sus predecesores ansiaba fundirse con la bruma que divide a la memoria del olvido, ser mentado por personas que no le guardaban rencor y que no lo culpaban por la sangre que él jamás derramó. En fin, quería ser desacreditado como todos los que fueron antes que él para poder acceder al terreno de los inocentes imaginados que sólo fueron una justificación.

Sabía que era su momento, que debía hacerse a un lado y permitir que alguien más tomara su sitio en el trono incuestionable. Era tiempo para dejar que le achacaran a otro la injusticia, el hambre y la muerte... Ésa había sido, desde el incio, su razón de ser.

Los hombres lo habían creado a su imagen y semejanza, al igual que a todos los que fueron venerados ciegamente antes de su llegada. Era el perfecto escudo que ellos buscaban, quien les permitía dormir por las noches pese a todas sus infamias. Nunca más que un parámetro flexible para sus preceptos errantes...

Por suerte, su tiempo había terminado. Lo único que le quedaba, al proferir su último aliento, era una inmensa compasión por su sucesora, la joven Tecnología.

viernes, 26 de agosto de 2011

Bullying

Cuando yo tenía tres o cuatro años, asistía a mi escuela una niña algo desequilibrada. Tenía un leve retraso mental, problemas en su familia y era despiadadamente fea, casi como para matarla con cloroformo. Por supuesto, a mi corta edad nada de eso me habría importado si no fuese porque, de buenas a primeras, un día decidió que sería interesante empezar a hostigarme.

Yo, de pequeña (porque no se me quedó el hábito), era bastante retraída y timorata. No me relacionaba fácil con la gente y mi madre siempre me crió con los principios de "No le pegues a nadie, sé cordial y trata a todos con respeto", así que no tenía idea sobre cómo defenderme de mi agresora. De hecho, era tan tímida que ni siquiera me atrevía a contarle a nadie que esa pequeña terrorista de preescolar me hacía la vida imposible.

La primera vez me tiró del cabello, la segunda me golpeó, la tercera me hizo algo igualmente horrible y me agarró de cliente. Así, sin que yo supiera cómo, estaba lidiando con una niña desatendida, con problemas psicológicos y sin la mínima pizca de respeto por el entorno, por sus compañeros, por mí o incluso por su madre (llegué a ver cómo golpeaba y pateaba a la señora sin que ésta hiciese nada por impedirlo).

Hoy en día, el trato que recibí sería llamado bullying, pero en la década de los 90 era "fue un accidente", era un "ella no quiso", era un "le voy a decir algo"(que nunca le decían, por cierto) y era un "perdónala, es que lleva una vida complicada, pero irá con la psicóloga". Es decir, la niña era solapada por las maestras, que siempre tienen una morbosa compulsión por proteger a las personas neuronalmente desfavorecidas y con situaciones familiares incómodas, mientras que a mí me hacían la vida de cuadros.

Un día mi mamá se enteró por otra mamá de mi situación y, tras una cantaleta interminable de "¿Por qué no me dijiste nada?" a la que yo no le respondí nunca (¿cómo le iba a decir que mi agresora me tenía totalmente aterrada?), me dijo "¿Recuerdas lo que te he dicho sobre no golpear a la gente? Olvídalo. Si alguien te pega, pégale de regreso y si te preguntan el motivo di: porque mi mamá me dijo."

Yo tenía mis reservas sobre esos métodos, finalmente había sido criada como una señorita y quería que las maestras hicieran su trabajo. Tuve un conflicto interno durante algún tiempo, pero un día, cuando la niña me tiró del cabello (o algo así), solté el primer puñetazo liberador, la tiré al suelo y le di una patada digna de futbolista.

En ese momento, automáticamente, recuperé la sensación de fortaleza y mi autoestima. Dejé de ser la víctima indefensa y suscrita a los intereses de una abusiva para convertirme en una persona que se sabe capaz de reclamar sus derechos (por la buena o por la mala). A partir de ese día, la niña no me volvió a molestar ni a dirigir la palabra, y poco tiempo después se marchó de la escuela por motivos familiares.

Así es como pude, después de ser atemorizada por un año o dos, vivir una infancia sin sobresaltos. (Y agarré cierto gusto a golpear gente y a aplicar la ley de Talión, si soy sincera)

En fin, ¿por qué de pronto conté esta enternecedora historia de superación digna de algún libro de consejos parentales? Porque puedo ver cómo a gran escala el patrón se repite en el país.

A mí me tiraron del cabello, en Monterrey y en Morelia tiran granadas.

A mí me patearon, en Torreón hubo un enfrentamiento armado afuera de un estadio.

A mí me agredieron verbalmente, en Chihuahua, Guerrero y Tamaulipas matan a la gente, le cortan la cabeza y la entierran en el desierto en alguna fosa común.

Yo intenté ir con las autoridades para que me protegieran, a Marisela Escobedo la mataron por el activismo y la PGR tan campante.

Yo era la agredida y las maestras solapaban la conducta de una retrasada mental, las policías y los gobiernos estatales se hacen pendejos con los narcotraficantes. Alejandro Encinas metió al hermano de un narcotraficante y le dio fuero en el Congreso de la Unión.

A mí nadie me defendió y me hicieron creer que yo era el problema, a dos alumnos del Tec de Monterrey les sembraron pruebas y los acusaron de sicarios.

Yo esperaba para que la situación terminara por sí sola, los católicos juntan las manos y le rezan a la virgen y a las reliquias de Juan Pablo II. Los tuiteros le rezan a una deidad que aborrece las redes sociales.

Yo me cansé y decidí recuperar el control, ¿México cuando? Porque es claro que ni Sicilia con sus marchas silenciosas, ni el gobierno con su terrible estrategia, ni la milicia mexicana especialista en rescate que hace las veces de la policía, ni la PGR y los políticos que encubren criminales y maquillan los crímenes ni mucho menos los narcotraficantes que ya se sienten los dueños de nuestro país y nuestras vidas, van a hacer algo al respecto.

Así que la pregunta que queda en el aire es: ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que somos más de 100millones los mexicanos que estamos hasta la madre y ya no queremos vivir con miedo por 10,000 sujetos con sed de poder? ¿Cuándo vamos a hacer algo aparte de rezar y condenar los actos terroristas vía Twitter?

Porque va a llegar un momento en el que ya no podamos quedarnos de brazos cruzados, porque ya estamos francamente hasta la madre.


miércoles, 13 de abril de 2011

Para la Reflexión y la Razón, que salvaron a un alma errante en peligro de ser masificada

Hoy desperté y, al verme al espejo, no me reconocí. Es más, ni siquiera noté algo distinto, sólo la certeza de que no era tan yo como lo había sido antes. Procuré no darle más importancia de la que tenía y decidí no tomar en cuenta el cambio que sin forma ni razón, había creído percibir.

Me alejé de mis pensamientos, creyendo que si los ignoraba no se materializarían, ni nadie notaría lo que, pensaba, era un producto del cansancio. Una ilusión óptica generada por el agotamiento que no me alteraba en lo más mínimo. Por lo tanto, seguí caminando a ciegas, embebida en obligaciones que adquirí sin saber cómo. Tenía mucho por hacer, gente qué conocer y pláticas insulsas que entablar con personas cuyo nombre nunca se queda fijo en mi mente. En fin, tenía que ponerme el gafete que indica mi puesto en la vida…y algo que se parece a mi nombre de pila, pero que tiene un sonido hueco.

Las horas transcurrieron una tras otra y no volví a pensar en el cambio imaginario que, a todas luces, no podía ser real. No fue sino hasta avanzado el día, cuando el sol estaba en su punto máximo y no podía hacer nada para ocultarme de los rayos abrasadores, que una voz reflexiva me hizo notar algo extraño. Yo no era yo, sino otra persona que había usurpado su propio cuerpo durante la noche, como un parásito silencioso y un peligro latente. No era la mujer de siempre, aunque podía parecer igual que todos los días. Me sorprendí unos instantes, antes de horrorizarme por haber sido presa de mis propias sogas. No lo quise creer, no lo podía creer. Mi cambio era imaginario, algo que sólo yo percibía y, sin problemas, podía atribuir a muchos factores ajenos a mi control.

Aquella voz, que resonaba en mi cabeza con muchísima fuerza, sacó su mano desde las sombras y me tendió, suavemente y con la caballerosidad que le caracteriza, un espejo convexo que sirve para reflejar el alma. Lo que vi no me gustó. Es más, lo odié con tanto fervor que una parte de mí se volvió masa incandescente y estalló dentro del agujero que se me había creado en el estómago.

Al inicio intenté excusarme, no con él sino conmigo, apoyarme en algo para dar a conocer una postura en la que no necesariamente creo—y en la que no necesariamente no creo—. Fue... raro. Ruego a esa voz amiga, a esa fugaz reflexión que no malinterprete este escrito, puesto que lo que dije en su momento era tan genuino como el plástico ciego me dejaba expresar. No le mentí. No me mentí. Sólo no me había percatado de que lo que para mí es amarillo para otros es verde olivo... y tengo la tendencia a asumir que el amarillo es algo universal, por mucho que sólo quepa en mi intrínseca ambigüedad. En ese instante, la voz de mi oprimida—y presumiblemente muerta— consciencia se dejó escuchar como un eco de ultratumba.

Y Sísifo salió de las profundidades de mi ser, dejando en evidencia su necedad y su ilusión vacua de desear ser algo que no es. Ese personaje, destinado a cargar una roca eternamente y pretender ser libre al mismo tiempo, en algún curioso sentido me hizo ver mi propia roca: Mi pasado, el protocolo, la sociedad, los paradigmas… todo aquello con lo que me resulta imposible romper, pero que niego hasta que la avasalladora realidad me alcanza y no me es posible retener mi disonancia cognitiva sin el riesgo de enloquecer. En un sentido clínico de la palabra, si cabe destacar.

La reflexión se apoderó de mi atención y de mi autocrítica. Me encontré enfrentada con el reflejo de mis aversiones, con el juramento de quien nunca sería, con un ser empacado al vacío que no se parecía a mí. Era todo lo que yo me había negado a convertirme, un mutante vomitivo recubierto en plástico cristal. Un pato, un horrible y asquerosísimo pato… El pánico se sembró en mi vientre, al tiempo que los fantasmas de mis errores y la certeza de mi imperfección se cernían sobre mi horizonte particular. Y me encontré sola, sola sin querer estar conmigo, sin querer compartir mi cuerpo con aquel repulsivo ser en que me encontré convertida. Me detesté y quise huir de mí, pero no podía… así que contuve las lágrimas de decepción propia y busqué al vocero de mi razón.

Obedecí a Girondo cuando sólo estábamos mi razón y yo conversando. Me cubrí el rostro y vomité mis fracasos engrandecidos por la incisiva autocrítica. Vomité los largos trozos de vidrio y los amargos alfileres que me hacían sangrar por dentro, los secretos que no deben ventilarse de día y los gritos suspendidos en mi garganta desde que era lo suficientemente pequeña como para caber en una cáscara de nuez. Lloré por el delirante—y denigrante—cretinismo estentóreo, por la castrada y fétida sumisión cultivada hacia el tótem que siempre critiqué. Sangré por no ser quien era, vertí la tinta de mis venas para poder escribir una carta suicida o una nota de rescate a la mujer que fui. Morí lentamente, hasta quedar solo entre los ojos color ciruela de quien me recordaba que ya no era quien había sido, hasta secarme y quedar reducida a cenizas. Sólo entonces dejé de llorar, de potar la mediocridad a la que yo misma había sucumbido y mi traición personal.

En ese momento, cuando parecía haber cavado el agujero más profundo, que mi Sísifo personal se encargaría de cubrir con la roca de mis desprecios, pude escuchar nuevamente. Los pasos arrastrados, los ecos ahogados que me llevaban lejos de esa vereda de necesaria autocompasión y me devolvían al recuerdo, a la vida que había llevado, a mi máxima vital. Mi razón habló conmigo, en un tono casi paternal, y me devolvió la noción de mi vida, la brújula que perdí sin darme cuenta. Removió entre el baúl y me releyó frases de la antigua sabiduría que mi yo original, sin aspiraciones ni prejuicios. Sin pretensiones. Con una certeza particular que convirtió en la verdad de una vida, esa Andrea que experimentaba con orgasmos y sentimientos variopintos lograba encontrar la vitalidad en todo, ya que ella se amaba lo suficiente como para hacer que los demás hicieran lo propio sin darse cuenta. Era fresca… y lo único que pedía de aquellos que le rodeaban era que permanecieran ahí el suficiente tiempo como para hacerles un retrato mental y añadirlos a la lista de personas que la habían marcado.

No era persona maravillosa, así como no lo soy tampoco ahora, pero es la persona que quiero volver a ser. Llena de coraje para comenzar las cosas, sin temor a las negativas y con una capacidad poco natural para omitir al resto del mundo y hacer lo que le venía en gana. Tal vez no regresar a la adolescente impulsiva, pero sí retomar la personalidad extrovertida y ácida de la adultez libre de cretinismo. Quiero volver a ignorar al mundo, pese a que ahora tengo la necesidad de integrarme en él como el engrane de un reloj…No deseo pensar en el futuro, ni siquiera en el presente o en las obligaciones que se apilan en el escritorio. Extraño volver a ser libre de todo… de prejuicios, de tareas, de protocolos, de actividades, de hombres. En fin, volver a ser yo.

Tal y como mi razón, a quien considero uno de mis diamantes más preciosos, dijo:

“Siempre camina con la cabeza en alto y la vista al frente. Eres maravillosa, sólo tienes que recordártelo a ti misma y volver a brillar. Dedica tiempo a reconquistarte cada día, todos los días”

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Agradezco a mi Reflexión y a mi Consciencia por devolverme al inhóspito sendero que debo forjar con mis pasos y alejarme, voluntaria o involuntariamente, del camino terregoso que es recorrido por varios cientos de millones cada día. Como enunció el poeta y eternizó la música: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

viernes, 21 de enero de 2011

Reflejo

Y, tras el silencio que se había instalado, nació de sus labios una simple pregunta que le recalcitraba los huesos:

"¿Por qué?"

Pero el espejo nunca le respondió.

miércoles, 21 de julio de 2010

Carajo

Publicado por primera vez el 5 de junio de 2010 en Pensamientos en Blanco y Negro.

Idem.

Te quiero

Publicado por primera vez el 30 de enero de 2010 en Pensamientos en Blanco y Negro.

Cada vez que te digo te quiero, te lo digo de verdad.

Cada vez que te digo ’te quiero’, mi alma te grita que quiere estar contigo para siempre. Que sufre si tu sufres, que ríe si tú ríes de la misma forma y que quiere pasar contigo todo su efímero existir. Casi como si desease que tú la escucharas a ella y no a esas palabras mudas, depreciadas por su uso cotidiano. Aquellas infames que morirán antes siquiera de llegar a tus oídos, volándose con el viento hasta los parajes del olvido.

Y quiero llorar cada vez que te lo digo, porque sé que no vas a poder comprender la complejidad detrás de esas ocho mal habidas letras. Porque tú me ves como yo no quiero que me veas, y estás totalmente ciego ante la triste realidad de que para mí un ’te quiero’ no es menos que un: Quiero llorar contigo por las lágrimas que tú no vas a derramar, un quiero afrontar mis peores miedos a tu lado porque eres quien me da seguridad. Porque tú no sabes que cada vez que te siento a mi lado soy la más feliz del mundo, la más fuerte, la más inteligente. La más mujer.

Y es que mis te quiero guardan muchos te amo en su interior. Te amo por lo que eres, y no por lo que veo de ti. Te amo porque me conoces. Te amo porque estás conmigo y me permites estar contigo, incluso cuando yo soy una cría que no desea ver. Te amo porque me dices mis fallas sin un resquicio de piedad, pero me muestras con paciencia cómo hacerlo mejor. Te amo porque contigo soy quien puedo ser y no quien debo ser…

Te amo por ser tú. Por ser como eres. Por tus silencios. Por tus palabras. Porque me dejas amarte en silencio y entregarte todo lo que soy, sin reservas ni condiciones.

Y es por eso que cada vez que te digo que te quiero, te lo digo de verdad. Sin comprometerte a decirme nada… ni siquiera a escucharme. Te lo digo con todo lo que tengo dentro de mi pútrido ser, y no como palabras vacuas. No te lo digo para que me creas, ni para vanagloriarme de tu afecto.

Te lo digo porque lo siento. Porque te amo y te lo disfrazo de te quiero. De verdad.

Vida

Publicado por primera vez el 19 de agosto de 2009 en Pensamientos en Blanco y Negro.

Estar vivo es un placer del que pocas personas pueden jactarse. Un privilegio que, en una sutil manera les separa del resto de los que respiran y se limitan a existir… un privilegio del cual yo no gozo.

Sepia

Publicado por primera vez el 26 de julio de 2009 en Pensamientos en Blanco y Negro.

…Y lo amaba.

Por mucho que le doliera admitirlo, por mucho que se desgarrara cada vez que su mente evocaba ese pensamiento, lo amaba.

Era todo tan confuso, tan doloroso, tan…terriblemente rastrero. Abyecto, pero no por ello dejaba de amarle.

Muy a su pesar… lo amaba.

domingo, 28 de marzo de 2010

Atrevimiento

Y se atrevió entonces a mirar al sol. No tenía nada que perder pues él ya se había marchado y no volvería. No había nada más.

Subió poco a poco los escalones mientras prendía un pitillo y le daba una cansina calada.
¿Cómo se sentía? Ni ella misma lo sabía con exactitud; había dolor mezclado con alivio, desasosiego y gratitud. Todo lo que le quemaba las entrañas para bien o para mal escapaba igual que ese humo ennegrecido, haciéndola parecer ecuánime incluso mientras saboréaba el amargo desazón de ese último beso.

Su inestable universo interior se desquebrajaba y ahumaba, tiznándose de confusa oscuridad. Odiaba el amor porque, invariablemente, la hacía terminar en un paupérrimo estado. Aislada de su propio mundo y sabiéndose sola. Vulnerable.

Quería no recordarlo, olvidar que toda aquella desilusión había ocurrido, que
él había ocurrido, pero no pudo. Y logró sentir aquellas manos recorriéndola con castidad al tiempo que la maltrecha frase tabú de me importas se dibujaba en sus labios, acompañado del ácido sonido del adiós.

Y se atrevió entonces a mirar al sol, con los ojos derramando las perlas de un
Te quiero que jamás se pronunció.